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domingo, 10 de enero de 2010

LA TENUE LUZ

LA TENUE LUZ
Por Javier Fernández Gómez.



La tenue luz del sol del atardecer, tamizada por la contraventana, iluminaba suavemente su piel. Antes de acariciarla, observó que el pulso firme de sus manos lo controlaba mejor meciendo el estaquillador de la muleta que posándolas sobre el cuerpo de aquella mujer. El temblor de su mano, al levantar la sábana de lino, transmitió el movimiento mas allá de lo que descubría. Pensó, que tal vez algún día, podría transmitir aquel efecto con un capote, el sutil movimiento del lino, el temple de su pulso, la belleza de lo que descubría. Vivía obsesionado con el toreo.

Vivía obsesionado con ese cuerpo que estaba descubriendo poco a poco… cada noche después de quitarse el traje de luces. El traje de luces y de sombras.

Otra vez el público, ese público que hace apenas un año le había aclamado hasta el delirio, ahora le despreciaba exigiéndole lo imposible. Las recriminaciones retumbaban en su cabeza y al iniciar el paseíllo de retirada se preguntó: ¿Serían capaces de reconocer su mérito, si su toreo fuera perfecto?. Ya en el coche, camino del hotel, volvió a asaltarle el pensamiento de colgar los trastos. No podía resistir la idea de que su público le estuviese dejando, ya no iban a verle, ya no llenaba las plazas ni los titulares de las gacetas con sus éxitos, tal vez su tiempo había terminado y se resistía a reconocerlo. Sus pensamientos se confundieron con esa misma sensación experimentada en Méjico con aquella mujer. Una de aquellas tardes en la playa, después de haber hecho el amor con la pasión que ella le había enseñado, le asaltó la idea de que no podría resistir si un día ella le dejaba. Ahora le ocurría lo mismo con su otra pasión: los toros.

A su regreso, en el hall del hotel, notó como los allí presentes le observaban haciendo silencio, le observaban sólo unos instantes, ya no le miraban como se mira a un héroe.


Al entrar en la habitación una mirada bastó para que le dejaran solo. Descolgó el teléfono y habló con ella, necesitaba verla, necesitaba volver a acariciar aquella piel, volver a sentir lo único que no había cambiado en aquellos últimos meses. Antes de colgar, se abrió la puerta despacio, solo su apoderado se habría atrevido a entrar así, e intentar justificar lo injustificable. Él sabía que el problema no habían sido los toros, aquellos utreros que las circunstancias propiciaban, podían haber servido como tantas tardes años anteriores. Así se lo hizo saber con cajas destempladas a su apoderado, cuando éste trató de convencerle de lo contrario. Mientras encendieron unos pitillos, guardaron silencio y don José no lo volvió a intentar.




Aquel mes de agosto, aquel caluroso mes de agosto, sólo al caer la tarde se permitía pensar en ella. Que difícil había sido su vida y que bien había sabido hacerle faena, siempre oliendo la muerte y gracias a ello la fama, la gloria, la fortuna y ahora aquella mujer. Pero el lote nunca era perfecto. Cuando ella entro en su vida su gloria taurina entraba en declive, su pasión y su gloria con los toros parecía que se agotaban y su mente le atormentaba pensando que tal vez algún día ella también le podía dejar.

Aquella noche le asaltó nuevamente la idea de dejar el toro y aprovechar lo que por fin le ofrecía la vida. Antes de conocerla no pensaba que pudiera llegar a sentir lo que había sentido junto a ella. No era comparable con nada. La satisfacción de las tardes de éxito, esa otra satisfacción incomparable que había conocido, el sentirse dominando a la fiera llevándola cerca, obligándola a la cadencia de sus naturales, ese, había sido su sentimiento más íntimo y excitante.

Con ella todo era distinto. La soledad y el miedo que le acompañaban las tardes que toreaba, aquella forma de estar a que le obligaba su oficio, la seriedad que le exigía el desarrollo de su técnica, habían ido conformando una personalidad austera y sobria, propia de un hombre al que su destino, tal vez le auguraba la muerte.

Con ella todo era distinto, había aprendido a sonreír a la vida y atisbaba una cierta tendencia a pensar en el futuro, había rescatado de su infancia el calor de las caricias de otra mujer en una noche fría de ayuno obligado. Pero tanta felicidad no le parecía compatible con su oficio, tal vez esa tenebrosa percepción de la vida le venía dada por su experiencia vital de hacía unos años, así como por el ambiente social que le rodeaba.

Sus dos obsesiones no podían coexistir. Le aterrorizaba la idea de que alguna de sus pasiones le pudiera abandonar como consecuencia de esa imposible coexistencia. El mundo del toro, su pasión de toda la vida, comenzaba a manifestar signos de ese trágico abandono, curiosamente coincidiendo con ese amor in cresccendo. Pero le asaltaba la gran duda, no sabía si podría resistir la perdida de ese mundo al que pertenecía desde antes de nacer, pero tal vez sería mucho más duro tener que renunciar a ella.

A la mañana siguiente cuando le dieron el parte, ¡bonita maestro!, sintió que más le podía su afición al toro, a sus compañeros, a su herencia, a ese duro mundo que él tan bien conocía, y aunque le exigía lo imposible, en cierta medida él había dominado. La decisión estaba tomada, los pases justos, prefería el riesgo del toro, se lo diría antes de terminar agosto, después de su última cita …


Con las manos apoyadas en el burladero, después de escuchar el silencio en su primer toro, dejó pasar el tiempo. Al salir el último toro todas sus facultades le respondieron, se encontraba a gusto, el percal casi fue lino, él marcaba el ritmo ante la fiera. Cuajó su faena, citó atrás, disfrutó templando sus naturales, el público volvía a aclamar a su héroe. Lo cuadró, y con despaciosidad temeraria escuchó el silencio, se volcó muy despacio y en un instante el silencio quedó roto a la vez que un hondo calor penetró su muslo. Sus compañeros elevaron su cuerpo como el trono de una divinidad y corrieron por el albero hacia la enfermería, notó un dolor intenso y vio su vestido teñido de sangre.

Por fin se acabó el zarandeo, y al ser depositado sobre el capote que atemperó la fría mesa, le asaltó la idea de que el destino se le había adelantado. Las miradas de su gente de confianza reflejaban como un espejo su semblante serio y alguien le contestó que el público le había otorgado los trofeos. Poco a poco dejo de sentir la textura del áspero percal y éste se fue convirtiendo en lino. Pidió un pitillo, pensó en ella. Ya no sentía calor, se le mezclaban los recuerdos de la cálida arena de la playa de Méjico junto a ella.

Pasaron unas horas, no preguntó por ella, sabía que estaba cerca, la sentía cerca pero no preguntó por ella. Sus movimientos se hacían lentos, giró suavemente la cabeza y recorrió con su mirada la estancia. Miró y no la vio, ya no veía nada, ni siquiera la tenue luz que un día le hizo sentirse lleno de vida.

JFG

1 comentario:

FERNANDO RIVERA dijo...

Enhorabuena por el blog, y suerte para la próxima temporada a todo el grupo de veterinarios taurinos de Andalucía desde BELMEZ TAURINO. Centro taurino de la Comarca del Guadiato en Córdoba