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lunes, 1 de octubre de 2012

ASÍ SE CURA A UN TORO INDULTADO DE LA MUERTE

EL MUNDO
NACIOINAL


Ingrato toro indultado por JOSE TOMAS

Con toda seguridad, el estrés provocado por la histórica corrida de Nimes --que lo ha convertido en uno de los toros más mediáticos de la historia tras el faenón mítico de José Tomás-le ha dejado importantes secuelas psicológicas, además de hacerle perder 50 kilos (pesaba 530 cuando entró en la arena) y provocarle mucha fiebre, hasta 43 grados.
Tras la epopeya taurina en tierras francesas --que hizo llorar incluso a los cronistas taurinos que la presenciaron en directo--, comenzó una ardua y minuciosa tarea, la más importante de todas para su recuperación. Fue cuando regresó a los corrales, angustiado tras ver la muerte tan cerca, sangrando por las heridas, aturdido, tembloroso, nervioso, fatigado, desconcertado.

«Era clave que bebiera agua muy pronto [cosa que no ocurrió] para evitar la deshidratación que padeció con el castigo», dice el mayoral Emilio Romero. Hay que resaltar el comportamiento exquisito de los servicios médicos de la plaza de Nimes, tanto de la veterinaria titular, Francisca, como de otro español, Honorio, llegado desde Salamanca especialmente para la ocasión. El cajón de curas estaba ya preparado en los chiqueros, cuando se acometió «la primera intervención, como si estuviera en la UVI», destaca el mayoral, que describe a un animal «con otra mirada, distinta a la de antes de entrar en la plaza, más triste, más cansado, aunque después de tantos años junto a él no me atrevo a confirmar si es por el miedo que ha pasado».

Tras el agua, a chorreones, para limpiar la abundante sangre, llega el momento de las primeras curas de agua oxigenada, fundamentalmente, penicilina y estreptomicina, para evitar infecciones y aliviar las cicatrices (hasta nueve grandes agujeros en su piel se le abrieron). También lo rasuraron con una afeitado general para quitarle así los pelos y evitar las previsibles infecciones con la sangre aún caliente. Dos semanas después, ya en tierras andaluzas, Ingrato mejora hora a hora, suspiro a suspiro en la finca El Castillo de los Guardas, de 3.000 hectáreas, que la familia Parladé tiene a 24 kilómetros de Sevilla. Todavía no deja expresar una felicidad completa porque las heridas le siguen dejando secuelas.

De las nueve abiertas en su piel, las dos más graves corresponden a dos grandes puyazos que recibió durante la lidia (fue el cuarto de la tarde en el coso francés): el delantero, de 35 centímetros, donde más se emplean a fondo los veterinarios, y el posterior, de 22 centímetros.

Las seis banderillas no le hicieron demasiado daño, pues apenas le produjeron heridas de 10 centímetros de profundidad cada una. La novena herida, de 12 centímetros, corresponde a la divisa de la ganadería, y su pronóstico de cicatrización es bastante más largo que los demás. Pero ya todo es distinto. Hay un Ingrato antes de Nimes, y otro muy diferente después. En la actualidad recibe los mimos y el cariño de los 10 empleados del ganadero Juan Pedro Domecq.

En esas tareas de cuidado, como a un familiar, aparece la figura del mayoral José Emilio Romero Pavón, que ha convivido con el toro prácticamente desde su nacimiento (3-1-2008) y que le acompañó en el viaje de 15 horas a Nimes en un viejo camión, como también en el regreso, casi otro día donde el toro perdió otros 20 kilos de peso.

Cada tres días aparece otra figura clave en la rehabilitación, el veterinario José Luis Oiz. Su labor comienza puntual a las 11:00 de cada mañana, cuando la decena de cabestros conducen a Ingrato hasta la mesa de operaciones. Se trata de un cajón especial, de apenas cinco por cinco metros, en el que el toro queda prácticamente inmóvil permitiendo así que el especialista pueda curarle con antibióticos, antiinflamatorios, sueros e insecticidas. 

Es una rutina que se prolonga durante más de 75 minutos, con suma delicadeza, con el toro sujeto para que el dolor de la medicina que le aliviará y sanará a medio plazo no le provoque de forma repentina más sufrimiento ni físico ni psicológico: «La intención es que no recuerde ese sufrimiento, el de la plaza, que se vaya relajando, que vuelva a ser el mismo, el que era antes de la faena, pero para eso queda tiempo», dice Oiz.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Indultado de la muerte? Pues en el vocabulario taurino es la única opción posible. ¡Bien por la tautología!

Alberto Ariza Moreno dijo...

Como estudiante de veterinaria, y en consecuencia futuro veterinario, y a la vez aficionado al toro quería darte la enhorabuena de lo bien explicado que está la cura de un toro indultado.

He visto varias curas de este tipo en diferentes ganaderías, con diferentes veterinarios y diferentes toros, y no podía estar mejor explicado, tanto desde el punto de vista del veterinario como del aficionado.

Un saludo desde el blog "el secreto de la bravura".

Anónimo dijo...

Mira que indultar a un toro que saltó al callejón... ¡Cosas veredes!

Un saludo, Ascensio Navarro.